Jueves 18 de Septiembre de 2014
Comenzamos la primera clase con un cuento llamado "El hada de la suerte" de Cornelia Funke... es un buen ejemplo de aprendizaje de Valores.
En todo el mundo, hay más o menos tres mil trescientas treinta y tres hadas de la suerte.
Pistacha, que era la mejor de todas, vivía con otras veintitrés compañeras suyas en la buhardilla de una Iglesia.
Una noche Tusnelda llamó a Pistacha. Tusnelda, el hada más gorda, era la jefa de todas ellas. Es lo normal en el mundo de las hadas: la más gorda es la que manda.
- Pistacha - dijo Tusnelda-, tienes que ocuparte de un trabajillo.
En la pantalla apareció la imagen de un chico.
- Éste es Lucas Piernilargo - explicó Tusnelda-.
Tiene seis años y el pobre anda siempre de mal humor.
No sabe qué es la felicidad. Es un caso difícil,
así que necesita urgentemente algunas clases particulares.
Aquí tienes su dirección.
- ¡Ahora mismo voy! - gritó Pistacha, y se fue volando.
Lucas Piernilargo estaba durmiendo. No es de extrañar, porque ya era más de media noche.
Pistacha se coló por la ventana, tomó aire y le sopló en la oreja.
El chico se despertó, asustado.
- ¡Hola, hola,hola! - exclamó Pistacha con voz amable-. Dicen por ahí que no sabes cómo ser feliz. Y que encima siempre estás de mal humor. ¿Es verdad?
Lucas parpadeó, atónito, pero aquella hada gordita no desapareció.
-¡No pongas esa cara! Me llamo Pistacha y soy un hada de la suerte. Mi especialidad son los niños gruñones, como tú. ¿Qué te parece si me dedicas una sonrisa de bienvenida?
- No veo ningún motivo para ser feliz - replicó Lucas.
- ¿Ah, no? - Pistacha echó un poco de polvos de hada sobe la cabeza del niño -. Pues te equivocas.
Ser feliz es bonito. ¿No te parece bastante bonito?
Ven, ha llegado la hora de tu primera lección. Pistacha tomó la mano de Lucas y salió volando.
Pistacha dejó a su alumno en el resalte del tejado. El pobrecillo temblando, sin atreverse a mirar hacia abajo.
- ¿Te gusta?
- ¡No, es horrible!
- ¿Horrible? ¡Bah! - exclamó Pistacha -.
Préstame atención: he de enseñarte a ser feliz, y no tengo todo el día, así que no te despistes.
¿Cómo te encuentras?
-¡Fatal! -contestó Lucas, temblando como una hoja-. Est es espantoso.
¡Qué mareo! Me muero de miedo.
- Bien- asintió Pistacha-. Muy bien.
Entonces lo acompañó hasta su cuarto y lo dejó flotando sobre la cama.
- ¿Quieres acostarte? -susurró Pistacha.
-¡Sí! -rogó Lucas. En ese momento Pistacha lo dejó caer justo en el centro de la cama.
Lucas se cubrió con la manta y suspiró aliviado.
-¡Ah! -murmuró-. ¡Qué calentita y suave! ¡Es una auténtica maravilla!
-¿Eres feliz? -preguntó Pistacha con dulzura.
- ¡No lo sé! -refuñó Lucas.
- Bueno, pues entonces hasta mañana. Y, ¡pling!, desapareció.
A la mañana siguiente, Lucas, encontró a Pistacha sentada dentro de su taza y, para colmo de males, ¡se había bebido su cacao!
- ¡Delicioso! -cuchicheó el hada, chupándose los dedos -. Seguro que todas las mañanas te sirven esta esquisitez. ¡No entiendo que pongas esa cara de mal humor! En fin, es la hora de la lección número dos. Y , ¡pling!, desapareció otra vez.
-Lucas -le dijo su madre-, ¿por qué me miras así?
- ¿Puedo tomar más leche con cacao? -suplicó.
Su madre le llenó la taza, pero cuando él quiso beber, descubrió que no quedaba ni una gota.Durante todo el día pasó lo mismo. Siempre que quería tomar leche, agua o zumo, el vaso se vaciaba solo. Por la noche tenía tanta sed que se le pegaba la lengua al paladar.
A la mañana siguiente descubrió que Pistacha estaba otra vez en su tazón.
-¿Te gustaría tomar un traguito de leche con cacao? -le preguntó.
-¡Sí! -exclamó Lucas.
Entonces la taza se llenó de un aromático cacao.
- ¿Y ahora? ¿Eres feliz? -le preguntó Pistacha al oído.
- ¡Mamá, está delicioso! -exclamó Lucas, y regaló a su madre la sonrisa más radiante de toda su vida.
- Bueno, pues hasta mañana -se despidió Pistacha, y desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
A la mañana siguiente, Lucas, bien abrigado en la cama, bebía leche con cacao y disfrutaba de un breve sentimiento de felicidad.
-Ah, el señorito piensa que ya ha aprendido lo suficiente, ¿no? -dijo Pistacha -. ¡Pues te equivocas! Lo que has conocido es sólo un trocito pequeñísimo de la felicidad, tontín. No te gusta salir ¡verdad? -le preguntó Pistacha pellizcándole la nariz -. No brincas, no saltas, no juegas con los demás niños ¿verdad?
- ¿Y qué? Saltar es de tontos.
- ¡Pues hacer el tonto ayuda a ser feliz! Azul, verde, amarillo, rojo: los colores ayudan a ser feliz. ¡Qué gruñón eres! -le recriminó Pistacha. Entonces le sopló en los ojos y desapareció. ¡Pling!
Durane los tres días siguientes, Lucas lo vio todo gris. ¡Entonces sí que estuvo triste! Fue horroroso.
Al cuarto día, Pistacha apareció sentada en un zapato. Era por la mañana, justo antes de que Lucas se fuese al cole.
-¡Vamos allá! -murmuró el hada, y volvió a soplarle en los ojos.
Entonces Lucas salió de su casa dando brincos. Saltó por encima del perro de los vecinos, bailó alrededor de las farolas y se encaramó a todos los árboles que se cruzaban en su camino.
El mundo estaba tan lleno de verde, azul y amarillo que Lucas también se sintió lleno de felicidad.
- ¿Que cómo es la felicidad? -le preguntó Pistacha, revoloteando alrededor de su nariz.
- ¡Es tan redondita como tú! -gritó Lucas-. ¡Es gordita y atrevida,cálida, suave, roja, azul y ligera como una pluma!
-¡Exaaaaaacto! -exclamó Pistacha -. ¡Exacto, exacto y también sabe a cacao!
Y, ¡pling!, desapareció. Y ya no tuvo que volver.
Pero en los labios de Lucas quedó pendida una sonrisa, una sonrisa de las grandes. Y entre sus dientes brillaron los polvitos de hada durante mucho, mucho tiempo.